1 de junio de 2010

La carta de Rafael de La Haba a Jose Luis Moreno


Estimado José Luis:

Ayer te gocé y te maldije. Cuando empuñaste la espada en el quinto, toda la plaza empujaba contigo. Pero pinchaste, una y otra vez. ¡Maldito seas! ¿Cómo se puede emborronar ese faenón, ese toreo en mayúsculas, esa lección de tauromaquia, ese manual del natural, ese catálogo de templanza, esa borrachera de hondura? Ni tú mismo tienes respuesta. Lo sé. Tus lágrimas en la vuelta al ruedo te delataron. Era el llanto de la rabia, la impotencia del triunfo diluido, la desesperación del luchador incansable que no alcanza la meta, el desenlace fatal del ser o no ser. Pero te diré algo: gracias, torero. Gracias por hacerme gozar. Gracias por redescubrirme diciendo ole en una plaza. Gracias por reconciliarme con la Fiesta. Una y mil veces, gracias.

Gracias, torero. Así, a secas. No se puede decir más en una sola palabra sin necesidad de calificativos. Tú bien sabes lo que encierran esas seis letras, la grandeza de su significado. Lo escuchaste a coro el pasado jueves y también ayer. "¡Torero, torero!", proclamaba la afición. Y hoy te lo subrayo en esta carta, en esta narración de sensaciones y emociones, en esta crónica atípica de periodista desnudo, de aficionado antes que fraile, de simple espectador seguro de haber contemplado no solo la faena de la Feria, sino de otras muchas ferias.

No hubo gran cosa con el capote. Tú lo sabes. El toro, ese sobrero de Torrestrella que saltó en quinto lugar, no terminaba de definirse. En banderillas comenzó a meter bien la cara. Pero había que dar tiempo al tiempo. Toda la plaza esperaba en un deseo irrefrenable que aquello funcionara. Y cogiste la muleta y el animal iba medido de fuerzas. Entonces, despacio, derechazos uno a uno. Luego, más ligado, con mucho pulso, el trazo exquisito. Y ahí la claridad. Le diste su tiempo al animal y, de vuelta, la explosión de toreo. Menuda serie con la derecha, menudo relajo, qué elegancia y prestancia. Y el temple, qué temple. El toro ya era tuyo.


EL ESCULTOR DEL TOREO

Y entonces la izquierda, la luminosa izquierda, la poderosa izquierda, la inmensa izquierda. La plaza, bocabajo. ¿Se puede torear con más pureza, más aplomo, más lentitud, más naturalidad y en continua superación? No sé si lo has valorado ya, pero ¿no será esta tu mejor faena?

Fuiste la naturalidad del toreo, la elegancia innata, el escultor sin más cincel que la muleta en la zurda. Qué macizo, qué rotundo, qué felicidad en los tendidos. Y esos pases de pecho kilométricos, ese cierre por bajo de tanto gusto como torería... Y esa honradez, esa verdad, esa calidad impresionante, ese mimo, esa belleza, esa profundidad, esa despaciosidad... Gran faena, José Luis. Importante es poco. Una obra de arte.

Pero, ¡ay! esa espada. ¡Cuántas veces la maldita espada en tu carrera! Y los toros hay que matarlos. Tú lo sabes, tus lágrimas lo revelaron. Y no fue un pinchazo, sino que fueron más. Un borrón imperdonable. Pero, ¿no te dice nada que después de ese mitin con los aceros aún te obligaran a dar la vuelta al ruedo? ¡Y qué vuelta! Cuánta pasión desbordada, cuánta felicidad en los tendidos, cuánto cariño de tu gente, cuánta demostración de que se había presenciado algo imborrable. ¿Y qué me dices de tu salida de la plaza? Iniciaste el camino hacia la puerta de cuadrillas en medio de una cerrada ovación y aún tuviste que pararte en el centro del ruedo para recoger el reconocimiento unánime. Tanto se había vivido que tanto se te agradecía. Llora José Luis, llora. Pero ahí queda eso. Menudo manual de toreo, menudo torero.

Y menudos dos naturales que dibujaste en tu primero. De frente, a pies juntos, rematados detrás de la cadera, de categoría antológica. Fueron guinda de una faena a más ante un toro sin continuidad. Por eso tuviste que tragar varias veces para poder hilvanarle los muletazos, por eso pusiste más que el toro, de ahí la fibra que derrochaste con la derecha. Y otra vez la izquierda. Figura erguida, trazo exquisito... Qué lastima la espada, qué calvario la espada. Ya pudiste llevarte de este una oreja. Pero no. Como tampoco las dos del quinto. Y quién dice dos. ¿Hubiera caído el rabo?

Cuando tú llorabas abatido en el callejón, en la plaza no se recordaba nada más que no fuera tu toreo. El Cordobés, descolocado y ahogando la embestida de su primero, había estado por debajo de las posibilidades de un noble y repetidor juampedro . Al otro, al cuarto, no quiso ni verlo. Y el Fandi... El Fandi es un capoteador variadísimo y, sobre todo, un banderillero prodigioso. Menudo espectáculo el suyo con los palos, tanto como para cortar dos orejas, pero con la muleta, ante dos manejables toros, cantidad sin fondo.

Para él las orejas. Para ti el toreo. Y qué toreo. Sublime. Sin más, gracias, torero.

Esta fue la cronica escrita por Rafael de La Haba el pasado 30 de Mayo del 2010 tras la exhibicion de toreria del pasado sabado de la feria de Nuestra señor de la salud.

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